jueves, 29 de noviembre de 2007

El niño más homosexual del mundo.

Es un día caluroso de noviembre y Jock piensa en hacerse un refrigerio que calme la caldera de su boca; pero en la casa de Jock no hay refrescos, sólo su colección de cervezas negras “con cuerpo”-porque hablamos de un tipo recio- y sus sendas botellas de whiskey irlandés, único que toma J. a pesar de su origen familiar, que se remonta a los low-lands escoceses, y a pesar de su desprecio más o menos declarado hacia los católicos. Con la heladera vacía de limonada se ve obligado a ir a procurarse su néctar a otro lado, porque como buen hombre de familia detesta los excesos, y no admite de ninguna forma que se trate de apagar la sed con ninguna clase de licor. Así, mientras murmura alguna maldición contra las reuniones de bingo-menopausia y cómo tragan esas vacas todo su limón, abre la puerta y eructa con gusto a parmesano cuando el sol le da en los ojos.

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En el bodegón de la esquina no hay limonada. León Mëny no me atiende enseguida, está absorto en la lectura de un clásico: “El hombre que calculaba”. Dos moscas se franeleaban su calva impúdicamente y tuve que darle una palmada que resonó. Sonó re mal. Sonaron las moscas. “Hay asado”, despierta. Me doy por enterado.

Frente a la mesa está Ramón afilando un cuchillo justo como el que deben estar imaginando ustedes que está afilando. Mientras hace rechinar la hoja contra la piedra reproduce una sonrisa desencajada y demente. Don Bartolomé, a quien se le han puesto innumerables epítetos pero nunca se le pudo encontrar un nombre, murmura, mientras balancea la cabeza gacha, algo que no puedo escuchar. Don Bartolomé es el pajero del barrio. Está lívido, agitado, y se estruja las manos como buscando sofocarse los dedos. El último comensal es el niño más homosexual del mundo.
(Lo reconocí en el momento. Sus cachetes son gordos y rosados, posee un rostro carente de pómulos, carente de casi todos los rasgos que hacen a un rostro; rasgos que se hunden un poco dentro de la grasa de sus mejillas; mejillas que cubren toda su jeta de lechón.) Mirando al engendro que hunde sus manos dentro del tarro medio vacío de dulce de leche, me arrimo un cajón donde sentarme.
A mí izquierda Bartolomé sigue abstraído. Oigo con atención: “… ne sin pesar, carne sin pesar, carne sin pesar, carne sin pesar, carne sin…” y parece que se fuera a arrancar las manos. Ramón, con gesto cómplice, se acerca y me sirve una copa de vino, su vino. “¡De los lindos, los cabezones, los míos!” y en evidente gesto teatral hace unos ridículos pasitos y levanta sus inmundas pezuñas que nunca sufrieron mácula de agua. Como una bailarina que se hubiese arruinado por culpa del alcoholismo, como un pobre simio junto a un sucio acordeón, pensé.
A la cuenta de tres me hundo la copa, en realidad un antiguo frasco de mermelada. Un mareo me invade enseguida y siento que el sol de alguna forma me comienza a quemar el cráneo…

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